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07/28/2026
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Muchos creen que el ser cristiano es servir al Señor solamente para “ir al cielo”
o “vivir eternamente en su presencia”. Si, la Biblia está llena de promesas para
los que creen, pero estas ideas y frases motivadoras en sí mismas nublan el
conocimiento del propósito de Dios para el converso y su Iglesia.
Cuando Cristo preguntó a sus discípulos quién decían que era Él (Mat. 16:15-
16), la respuesta de Pedro, “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, presenta
tres puntos importantes en la revelación divina: 1. El Padre ha revelado a su Hijo
a los hombres, 2. Él instituye su Iglesia sobre la confesión de Pedro, sobre la
deidad de Cristo, 3. Él le certifica a su Iglesia que las puertas del infierno nunca
podrán prevalecer. El mundo espiritual lo reconoce (Mar 5:7), ahora el hombre
en el mundo material debe reconocerlo.
Las declaraciones del Señor establecen el propósito de la Iglesia: ser las
manos y los pies de Cristo, ser su cuerpo, hasta su retorno (1 Cor 12:12, 27,
Rom 12:4-5, Efe 1:22-23, 5:29-30, Col 1:18). Así, la Iglesia representa a Jesús,
el Hijo de Dios y cada cristiano como su embajador (1Cor 5:20), quienes unidos
mostrarán el amor y la misericordia del Padre a un mundo agobiado, cansado y
falto de esperanza.
Si llegar al cielo es la motivación, se está faltando al llamado. Somos salvos
por gracia, pero también hemos sido llamados para cumplir su propósito. El
camino será difícil, en muchas ocasiones ingrato y siempre peligroso, pero Jesús
lo advirtió para que en Él tengamos paz y confianza (Juan 14:27, 16:33). Él nos
llama sal y luz (Mat. 5:13-14). Sal para dar sabor a las vidas insípidas y les
ayudemos a sanar sus heridas. Luz para brindar seguridad en la obscuridad de
la noche de modo que la humanidad pueda llegar al puerto seguro que es Cristo,
el Hijo del Dios viviente.







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